El misterio de los subterráneos perdidos bajo Santiago de Chile

tuneles

Algunos de estos extraños túneles serían anteriores a los tiempos hispánicos, según reza el folclore. Otros semejarían las famosas catacumbas subterráneas de la ciudad de París. La mayoría de ellos, estarían ligados a la actividad de las órdenes religiosas, como las catacumbas de los primeros años del cristianismo, con la diferencia de que éstas se habrían construido como supuestos pasadizos subterráneos para comunicar secretamente los conventos, en especial los miembros de la Orden de Jesús.

Mucha leyenda, mucho rumor, pero por décadas o siglos nada concreto. Hasta las primeras transformaciones de la ciudad en plena República, que vino a resucitar hasta hoy el imaginario del mundo existente en el subsuelo de la capital chilena.

En 1787, los jesuitas fueron expulsados de Chile por orden del Rey de España. El día 26 de agosto, los monjes que tanta importancia y simpatía se habían ganado en la sociedad chilena debieron partir temprano, abandonando sus estancias y residencias, bajo la vigilancia atenta de los agentes de la administración reinal. Todas sus propiedades en Santiago quedaron confiscadas: El Colegio Máximo de San Javier, el Convictorio de San Francisco Javier, el Colegio San Pablo, los bienes de la calle de la Ollería hoy llamada Portugal, la Iglesia de Bandera con Compañía, la Casa de Ejercicios de Loreto, etc. Si acaso existen estas galerías subterráneas asociadas a la Orden, entonces han de encontrarse bajo estos puntos de la ciudad.

La leyenda fraguada al calor del entusiasmo dorado, decía que los jesuitas habían excavado una serie de galerías en el subsuelo de la ciudad, permitiéndoles recorrerla hacia sus cuatro puntos cardinales desde la Iglesia de la Compañía de Jesús, situada en la esquina de Compañía con Bandera, y desembocando siempre en algún sitio misterioso. Los puntos de destino de estas galerías eran supuestamente, las calles Compañía, San Pablo, la Ollería (actual Portugal) y San Borja. Pero la galería más importante era un túnel amurallado que se extendía hacia el lado Norte, supuestamente atravesando el río Mapocho. Hacia el lado Sur, en cambio, las arterias se unían en un pretendido túnel matriz que corría siguiendo la ruta de la Cañada, actual Alameda.

El Convento de las monjas agustinas ocupaba desde el siglo XVI una gran manzana en el sector que hoy corresponde a las calles Ahumada, Bandera, Agustinas y Alameda.

En 1852 vendieron parte del terreno para poder conectar la llamada calle del Chirimoyo llamada al principio “calle tapada de las monjas” con la actual calle Moneda, quedando convertida en una sola. Progresivamente, la propiedad fue desapareciendo al punto de quedar hoy en día sólo la pequeña Iglesia de las Agustinas de calle Moneda, entre Bandera y Ahumada, como vestigio de esta enorme plaza religiosa.

En 1885, se inició la construcción de nuevos edificios en el sector bajo de la cuadra de Moneda hasta Agustinas que alguna vez perteneció a las monjas. La obra estaba preparando la instalación de cimientos, cuando se descubrió un pasadizo secreto que conectó alguna vez el Convento con la segunda casa que adquirieron tras la venta de los terrenos treinta y tantos años antes, para no romper así la estrictez del régimen de claustro en el que vivían. La destrucción de estas galerías en favor del progreso acrecentó su misterio. Fue inevitable: Explotó otra vez el imaginario capitalino y las historias de túneles con secretos perdidos hirvió en la sociedad, restaurando la leyenda de los subterráneos religiosos.

Uno de los tocados por los hallazgos realizados en el centro de Santiago fue el escritor Ramón Pacheco, quien era también aficionado a la investigación de temas criptológicos, además de miembro de la masonería. Hacia fines del siglo XIX publicó su novela “El Subterráneo de los Jesuitas”, libro que ha sido reeditado en al menos dos ocasiones durante el siglo siguiente. Allí describe una aventura relacionada con el enigma de las galerías ocultas bajo el suelo de la ciudad, ofreciendo una explicación teórica e incluso aventurándose en descripciones de tales escenarios, como cuando asevera que estaban diseñados para confundir a cualquier intruso que llegara a profanarlos, haciéndole imposible llegar a destino por esos laberintos.

Pero Pacheco innova al incorporarle elementos siniestros al mito del subterráneo, hasta entonces orientado sólo a la ilusión de tesoros perdidos y riquezas escondidas. El autor traslada la misión jesuita a la brutalidad de los años de la inquisición y explica la existencia de las galerías subterráneas no sólo en el objetivo de guardar oro y joyas, sino en la necesidad de la Orden de Jesús de eliminar a sus enemigos, especialmente a aquellos que han descubierto la oscura conspiración dirigida por los jesuitas y el control que tienen sobre lucrativos negocios, que comunican precisamente a través de mensajeros que recorren estas galerías.

Aunque el libro de Pacheco no fue de su agrado, el conservador de la Biblioteca del Congreso Nacional don Fernando Concha, relaciona su contenido con el hallazgo de una extraña galería subterránea abovedada que fue descubierta durante las obras de restauración del ex Congreso Nacional de Santiago, que él mismo vio en persona pero que no pudo ser recorrida en profundidad por lo viciado de su aire.

Revisando una antigua crítica del libro de Pacheco publicada en las referencias de la Biblioteca del Congreso Nacional de Santiago, nos encontramos con el siguiente extracto a los comentarios de Concha:

“La cosa pasó así. En la década de los 60 del pasado siglo, se emprendieron obras de restauración y remozamiento en todo el edificio del Congreso Nacional, en el curso de las cuales, se advirtió que la testera del Salón de Honor presentaba cierta inclinación y, al bajar al subterráneo para revisar su base, se abrió un forado que puso al descubierto una negra oquedad. Se buscó una escalera de mano y, al descender con luz pudo comprobarse que se trataba del comienzo de un túnel abovedado que se perdía en la distancia. También el que escribe, como se ha dicho, bajó al túnel recorriéndolo en un trecho de entre 30 a 50 metros, no pudiendo continuar a causa del aire viciado y enrarecido y también a lo bajo del túnel – no más de 1,60 mts. , lo que hacía muy penosa la marcha inclinado. Por la misma época un funcionario de la Cámara de Diputados bajó a otro túnel que arrancaba en un punto distinto al anterior, cercano al monumento a las víctimas del incendio de la Iglesia de la Compañía de Jesús. También hay noticias de otro túnel descubierto en calle San Ignacio, próximo a la Iglesia de los Jesuitas que allí existe. No todo, pues, era ficticio en el relato de Ramón Pacheco. Actualmente hay personas que planean intentar una excursión mejor organizada a estos misteriosos pasajes que todavía existen bajo nuestros pies.”

Para Concha, entonces, esa galería era acaso el verdadero Subterráneo de los Jesuitas al que se refería Pacheco. Según el mito, su entrada estaba en la Iglesia de la Compañía de Jesús, frente a los actuales Tribunales de Justicia, pero el acceso se habría perdido con el famoso y terrible incendio de diciembre de 1863.

Una de las tantas leyendas circulantes en la ciudad hablaba de los supuestos subterráneos existían en el valle del Mapocho desde antes de la llegada de los españoles, y que los religiosos sólo los despejaron y los amurallaron. Durante los trabajos encargados por el Intendente Benjamín Vicuña Mackenna, en el cerro Huelén o Santa Lucía en 1871, para convertirlo en parque, las explosiones de dinamita preparando el trazado del camino en el área denominada “Desfiladero de los Andes”, dejaron al descubierto una enorme gruta parcialmente llena con una especie de escoria parecida al ripio, y que se internaba por más de 46 metros hacia dentro del cerro, cuyo fondo aparecía taponado por derrumbes y rocas más grandes. Esta extraña estructura contó con cuatro entradas o bocas labradas por los trabajadores para aprovechar el material de la escoria para la construcción de los caminos de ascenso al cerro para carruajes. Se supone que existirían más de estas galerías dentro y bajo el cerro, y que éstas serían culpables de la “reducción” del tamaño del mismo durante los últimos años por efecto de hundimiento, que algunos creen haber detectado.

Hacia 1992, comenzaron trabajos de ampliación de una conocida universidad del barrio Brasil. Pero el proyecto original se retrasó en más de medio año: Los obreros dieron con cimientos coloniales que debieron remover para reemplazar por nuevas bases. Eso se dijo. Sin embargo, el rumor entre los vecinos era que se había dado con una especie de túnel. Curioso: los plásticos tapando las obras casi hasta la cima de los andamios, que ordenaran colocar los contratistas, daban más fundamentos a la especulación. Coincidentemente, la construcción se elevaría a un costado de la imponente Basílica del Salvador.

El año 2006, sin embargo, la leyenda volvió a cobrar especial vitalidad cuando apareció una red de cavas subterráneas en el sector de Lira casi esquina Alameda Bernardo O’Higgins, en plenas faenas de construcción de un edificio de la Universidad Católica de Chile. De no haber sido porque alguien logró captar fotografías furtivamente desde un edificio al frente del lugar de los trabajos, quizás jamás nos habríamos enterado de este sorprendente hallazgo, que acabó siendo retirado rápidamente de su sitio.

Fuente: http://www.prensa.cl

 

Acerca de Josep Riera de Santantoni

Parapsicólogo e investigador psíquico. Hipnoterapeuta. Consejero y Sanador Espiritual. Exorcista y terapeuta de Liberación, por la gracia de Dios. Su esposa Aguamarine es Alta Maga blanca, vidente y médium. Consejera espiritual. Experta en rituales de Limpieza, Descargas y y Contrahechizos.
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Una respuesta a El misterio de los subterráneos perdidos bajo Santiago de Chile

  1. patricio mondaca23 dijo:

    hola me interesa mucho estar en una proxima escursion a las catacumbas porfavor mandar respuesta con fecha a brevedad a mi correo gracias

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