La muerte, un paso hacia otra realidad

Non Omnis Moriar (No todo en mí morirá)

En memoria y homenaje a don Héctor Salazar.

El hombre es el único ser vivo que mantiene con la muerte una relación de privilegio, puesto que es algo presente a lo largo de toda su existencia. Desde que nacemos comenzamos a morir. Más o menos, todos sabemos cómo es esode nacer, pero nadie sabe en realidad qué es eso de morirse. La Ciencia ha logrado conocer y detallar cómo es el proceso de muerte del cuerpo físico, de la materia, pero de lo que a continuación sucede, se sabe muy poco.

La obsesión por la muerte y el Más Allá está presente en todas las culturas, y el viejo culto a los muertos se conserva en todo el mundo. No ha habido pueblo sobre la Tierra, ni cultura, ni civilización ni tiempo, que no haya asentado algunos de los ejes fundamentales de su existencia sobre el culto a los muertos.

Los antiguos, nuestros antepasados, para explicarse todo ese mundo invisible y misterioso, crearon numerosas divinidades. Como podrá el lector ver en el artículo “Espíritus familiares”, los pueblos latinos adoraban a los lares o los manes, espíritus de los muertos, y tenían una buena razón para hacerlo, puesto que enterraban a sus muertos bajo el mismo suelo de sus viviendas, para que las almas de sus difuntos pudiesen continuar habitando entre los suyos y convirtiéndose así en los espíritus familiares, ‘Dii parentes‘, los parientes.

El culto a los antepasados muertos es una especie de ‘religión’. Ya que ellos tienen poder para cuidar de la familia, los vivos han de complacerles, recordarles, poniendo ofrendas junto a sus tumbas (flores, comida, bebida…), celebrando fiestas y ceremonias en honor suyo, encenderles velas, decirles misas… si no se hiciera así, quizás volverían a molestar o a atormentar a los vivos.

Los occidentales intentamos ignorar la muerte, ‘maquillarla’, esconderla. Para muchos de nosotros, la idea de la muerte es espantosa y buscamos, como sabemos y podemos, esquivar su imagen. En Oriente, en cambio, la muerte se confunde con la vida, es cotidiana y familiar y no tiene este tinte macabro que adquiere en los países occidentales, donde se intenta vivir cada vez más de espaldas a este hecho.

Al contrario que nosotros, los orientales creen que morir es nacer a otro estado. Que todos nos estamos muriendo desde que nacemos y que la muerte es tan sólo el momento en que abandonamos el envoltorio de carne porque ya nos resulta inservible. Casi todos los pueblos de Oriente creen en la reencarnación o en el renacimiento. Igualmente el cristianismo, aunque con un enfoque algo distinto; la religión más numerosa y extendida de la Tierra nos ha familiarizado con la idea de la resurrección de la carne como promesa para después de la muerte.

En la festividad de Todos los Santos y el Día de Difuntos, amén de otras fechas, vamos a los cementerios a llevarles flores, a limpiar las fosas o el exterior de los nichos y a rezarles alguna plegaria, los añoramos, echamos de menos e incluso les lloramos. Todavía a los seres humanos nos cuesta hacernos a la idea, aceptar o creernos del todo – a pesar de que nos lo recuerde la religión- la sencilla realidad de que lo que permanece dentro de las sepulturas no son más que unos despojos mortales de cuerpos materiales que acabarán pudriéndose del todo, volviéndose polvo y desapareciendo; mientras que sus espíritus, las almas que realmente les daban el aliento de la vida, la esencia de su personalidad y existencia, se liberaron con el último suspiro, abandonando toda ligazón y todo vínculo material con los cuerpos que las acogían y ya partieron, conscientes de su eternidad y felices de tener una nueva oportunidad de continuar evolucionando en el mundo espiritual.

Como dijo Gautama Buda, “en esta vida, todo lo que nace muere”. Es una verdad inapelable y una de las pocas indiscutibles.

Pero del hecho de la muerte, lo más importante no es su acontecimiento irresistible. Lo que más nos llama la atención de ella es su profundo misterio, tan escondido y al mismo tiempo tan claro. Oculto y secreto, pues en realidad nadie sabe con certeza qué es lo que nos espera después de la muerte, y también claro y diáfano, pues todos sabemos que ‘algo’ se nos abre tras el telón.

Desde el principio de la Humanidad, la muerte ha tenido una impresión segura de lindero y de paso, de apertura hacia otra realidad desconocida, quizás la única y la más real de todas las realidades. Así pues, la muerte no es más que un tránsito, un paso hacia una realidad distinta, del que nadie puede liberarse. Y todos los seres humanos, de una manera o de otra, somos bien conscientes de que, antes o después, “cuando nos llegue la hora”, la Parca Atropos, de un sencillo tijeretazo, decidirá nuestro destino… ¿final?

Queremos creer, necesitamos creer, que la muerte es el final, sí, pero únicamente de esta existencia terrena. Y que tras ella se levanta el telón de otra realidad, de otra vida, de otra existencia espiritual, libres de las cargas y culpas, del peso y de los agobios de la materia. Libres de dolores, de penas, de enfermedades y de sufrimientos.

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Acerca de Josep Riera de Santantoni

Parapsicólogo e investigador psíquico. Hipnoterapeuta. Consejero y Sanador Espiritual. Exorcista y terapeuta de Liberación, por la gracia de Dios. Su esposa Aguamarine es Alta Maga blanca, vidente y médium. Consejera espiritual. Experta en rituales de Limpieza, Descargas y y Contrahechizos.
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