Una aventura nocturna en busca de un entierro

Uno de nuestros lectores, que firma Nacho, nos envía este hermoso relato, que nos ha emocionado y despertado numerosos recuerdos y sensaciones; por ello, con sumo gusto lo publicamos:

Una noche de invierno en la Araucanía, cuando era muy niño, oí a mi hermano planeando -y pidiendo permiso a mis padres- para ir de noche en busca de un entierro.

Algunas noches atrás, unos vecinos cazaban liebres cuando divisaron una tenue llama (fuego fatuo) entre dos antiguos robles, situados en la cima de una pequeña loma. Dejaron marcado el sitio exacto para volver con pala y con más amigos a desenterrar lo que sea que hubiere allí enterrado.

En la casa trabajaba una nana que se había criado en tierras mapuches, y ella le explicó a mi hermano que los entierros eran custodiados por un culebrón de extrañas características (plumas de gallina, dientes de perro). La única manera de acceder al entierro era embriagando al custodio, por lo que sería preciso llevar vino para embutírselo apenas abriera la boca…

Tuve que hacer una gran pataleta para conseguir que mi hermano me llevara. Sería una gran caminata en una noche de lluvia, atravesando potreros sembrados de trigo, tierras blandas y bosques. Mi corazón latía acelerado de sólo imaginar las infinitas posibilidades que podrían darse al llegar “al lugar….”

Partimos pues, caminando, una noche de lluvia, como llueve en el sur en inverno, con viento, casi horizontalmente. A poco andar nuestra ropa ya estaba empapada, pero el calor del andar -y qué duda cabe, la emoción-, nos evitaba sentir el frío.

Yo iba bien atrás, como perro apaleado, pues ya dije que me llevaron a regañadientes, pero tampoco tan lejos, pues temía que de la oscuridad de la noche algo me atacara. Era un niño, pero tenía plena conciencia de que quizá lo que íbamos a hacer, podría ser una profanación.

De cuando en cuando el “foquero”, que cargaba una pesada batería, encendía la potente ampolleta con la que alumbraba a lo vasto del potrero. Allá lejos se divisaba una liebre; se apagaba el foco y caminábamos, siempre contra el viento, hasta encender de nuevo la luz, estando ya “a tiro de escopeta” del objetivo, para que uno de los viejos hiciera su puntería sobre la liebre encandilada.

Así fuimos avanzando; hasta que varias liebres después, la caminata dejó de ser cacería, por lo que empezó a haber más diálogo entre los participantes.

Yo estaba completamente desorientado en relación al punto desde donde iniciamos la travesía. Incluso “los que sabían” parecían estar extraviados, puesto que no lograban dar con el sitio, tratando de recordar otros accidentes geográficos, árboles o señales de estar cerca.

Anduvimos de aquí para allá hasta que finalmente dimos con la loma y los dos robles y el palito que habían enterrado para señalar el punto exacto de donde emanaba la llama. Era el sitio perfecto para un entierro.

Se discutió buen rato sobre el procedimiento. Cada cual traía su teoría; comenzaron a emanar cuentos cada vez más fantásticos. Yo tenía ya la piel de gallina cuando empezaron a excavar a pura pala. No se veía sencilla la tarea, puesto que la tierra estaba durísima entre los dos robles, acaso por tantos años o jamás haber sido labrada.

Cuando ya el forado tendría unos veinte centímetros de profundidad, hubo un destello que provocó que varios del grupo se lanzaran de cabeza hacia el objeto que brilló, que resultó ser una moneda. El que la agarró la exhibió a los curiosos generando una carcajada generalizada pues era una simple moneda de 10 pesos (antigua, grande) que un chistoso había arrojado al hoyo.

No sé si fue esa talla, el frío o la hora lo que finalmente, y luego de haber seguido excavando un rato, hizo que el grupo desistiera de la búsqueda.

Pero 20 años después no he podido dejar de recordar esta aventura y sueño con encontrar ese lugar y seguir excavando. Tal vez cuando crezcan mis hijos hagamos la misma travesía. Y quizá a ellos también les dé lo mismo si encontramos algo, o no.

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Acerca de Josep Riera de Santantoni

Parapsicólogo e investigador psíquico. Hipnoterapeuta. Consejero y Sanador Espiritual. Exorcista y terapeuta de Liberación, por la gracia de Dios. Su esposa Aguamarine es Alta Maga blanca, vidente y médium. Consejera espiritual. Experta en rituales de Limpieza, Descargas y y Contrahechizos.
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