Sobre el bien, el mal, Dios y Satanás

En los dos primeros siglos de nuestra era se extendió por todo el mundo romanizado y pervivió después que los bárbaros del norte destruyeran el poderío de Roma, la creencia de que el origen del bien y del mal eran dos causas total y absolutamente independientes; que eran realidades tan opuestas que de ninguna manera podían provenir de un mismo ser supremo, sino de dos, antagónicos, que disputan continuamente por la primacía. Después, en el siglo III, Manes teorizó estas creencias y predicó su doctrina, que arraigó inmediatamente, y que se conoce con el nombre de maniqueísmo. Según Manes, el bien y el mal eran dos principios independientes, al principio; pero el mal invadió en parte los dominios del bien, y de ahí que ambos conceptos, ambas realidades, se hallasen mezclados y en lucha. San Agustín, obispo de Hipona, en los años finales del siglo IV siguió las enseñanzas maniqueas; y aunque pocos años después las abandonó, le quedó la preocupación, ya constante durante toda su vida, por desentrañar el origen del mal y de todas sus manifestaciones.

Los íncubos, ‘animales etéreos’

Mucho pensó el santo acerca de los demonios, mucho se preocupó por su identidad y por la forma de combatirlos, y de lo que nunca tuvo duda fue de su existencia real: ” … los llamados íncubos (demonios masculinos) frecuentemente molestan a las mujeres buscando obtener de ellas el coito. También hay demonios, que los galos llaman dusos o bogardos, y que con regularidad se entregan a tales prácticas inmundas. El hecho se ha confirmado por tantas autoridades importantes, que sería impertinente negarlo“. Y no contento con admitir su existencia lasciva, San Agustín investigó acerca de la verdadera naturaleza demoníaca, llegando a unas conclusiones que perduraron, generalmente aceptadas, durante toda la Edad Media, y con las que todavía hoy, qué duda cabe, cuentan los demonólogos actuales:

” ... Son animales etéreos – escribió – porque toman parte en la naturaleza de los cuerpos etéreos; están hechos del aire espeso y húmedo que respiramos, como aseguran algunos sabios”. El problema estribaba, para San Agustín, en saber si los seres etéreos podían sentir impulsos de copular con las mujeres. “No me atrevo a decidirlo “, confesó, pero no excluyó en modo alguno esa posibilidad.

Gregorio IX, papa en 1233, vertió en una bula, que fue publicada para reforzar las represalias contra los adictos de Satán, que “estos sectarios recibían la hostia consagrada de la mano del sacerdote, la guardaban en su boca y, de regreso a casa, la arrojaban en las letrinas, despreciando de esta manera al Redentor; finalmente, estos blasfemos, en su delirio, se atrevían a asegurar que el dueño de los cielos, obrando con violencia y astucia, había precipitado a Lucifer a las regiones infernales. Es en este último en el que creen estos desgraciados y afirman que, siendo creador de las cosas celestiales, regresará un día a la gloria de donde Dios le expulsó. Con él esperaban alcanzar la beatitud eterna. Profesan que no se debe hacer lo que agrada a Dios y sí hacer todo aquello que le desagrada … “. Este texto, recogido en sus estudios por Frederik Koning, el autor que se ha ocupado con más sensatez de Satanás y sus obras, es muy significativo.

Entre lo que escribió San Agustín en el siglo IV y la bula de Gregorio IX, del siglo XIII, median nada menos que nueve siglos, durante los cuales el culto al demonio se va agigantando y definiendo, mezclándose con prácticas satánicas y magia negra, enquistándose con una virulencia tremenda en los resquicios de la irracionalidad que imponía con sus credos el cristianismo. Son a la vez nueve siglos de terror y persecución, de marginación, que se prolongarán todavía muchos cientos de años más y que, hoy día, pese a la tolerancia que ofrecen los tiempos actuales, perdura.

Y era lógico que así sucediera, y es lógico que así siga sucediendo; porque la Iglesia, dejando al margen su misión divina, que no entramos a discutir, ha basado siempre su poder en la figura de Dios, indiscutible, todopoderoso y sin rival; y Satanás había resultado un enemigo más poderoso de lo que cabía esperar. No se podía pensar que el demonio era un ente de ficción que encarnaba las fuerzas del mal, porque también podía definirse a Dios como ente de ficción; y si era un personaje real, a juzgar por la abundancia de mal que existía en el mundo, era, si no tanto, casi tan poderoso como Dios. Y esto la Iglesia no lo podía tolerar.

(Fragmento del capítulo ‘Satanás se pasea por la historia’, de la obra ‘Brujería y Satanismo’, de Joaquín Gómez Burón.)

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Acerca de Josep Riera de Santantoni

Parapsicólogo e investigador psíquico. Hipnoterapeuta. Consejero y Sanador Espiritual. Exorcista y terapeuta de Liberación, por la gracia de Dios. Su esposa Aguamarine es Alta Maga blanca, vidente y médium. Consejera espiritual. Experta en rituales de Limpieza, Descargas y y Contrahechizos.
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