La religión nació de la magia (parte 2)

(Viene de la primera parte)

Muchos hombres de ciencia, y teólogos cristianos y judíos, así como los que tomaban parte en los misterios griegos, creían en un saber místico, oculto, secreto. Al igual que los misterios del culto, este saber no estaba escrito y sólo podía transmitirse confidencialmente a un solo discípulo, el cual debía ser digno de confianza. Del inefable nombre de Yavé se hizo un misterio:  se dijo que sus letras contenían un significado oculto y un poder milagroso. El culto del saber secreto recibió su más alta expresión en la cábala hebrea. La cábala fue originariamente una tradición no escrita fundada en la símbología y numerología ocultas. Era magia en cierto modo, dado que su conocimiento podía proporcionar, si no poderes sobrenaturales, sí al menos un saber sobrenatural. Se decía que la cábala se remontaba a Abraham; para algunos, incluso, a Adán.

Los cristianos también creían en un saber secreto o en palabras mágicas. Algunos dan una interpretación literal a las palabras iniciales del Evangelio de San Juan: «En el principio era el Verbo», en la idea de que el conocimiento de esta palabra (el verbo) confería un poder sobrenatural. Se decía que Salomón había adquirido el secreto de la palabra de poder, y de este modo había logrado someter a los espíritus a su servicio. Numerosos manuscritos, La Clave de Salomón incluido, se escribieron con el fin de dar a conocer los supuestos ritos y palabras de poder que utilizaba Salomón, vendiéndose sus copias a precios elevadísimos a quienes querían adquirir este saber mágico. Parte de esta búsqueda de la secreta sabiduría recayó en la brujería, y forma parte de la tradición del culto en las ideas de un saber místico y del mantenimiento en secreto de los ritos y rituales que ayudan al desarrollo del poder sobrenatural.

La magia empezó a adquirir mala fama varias culturas antes de la era cristiana, por una multitud de razones. Cuando los cleros se hicieron poderosos, frecuentemente se corrompieron, y los insaciables sacerdotes se dedicaron a vender su mágica influencia sobre los dioses. Sólo quienes podían pagar bien se aseguraban el favor divino. Esta fue la causa del cambio radical que Akenatón introdujo en la religión de Egipto. Los sacerdotes de los viejos dioses habían creado tantos hechizos y encantamientos para asegurarse el libre acceso al más allá que sólo los ricos podían permitirse morir con alguna certidumbre de inmortalidad.

Había también magos de todas clases, incluso brujas, aparte del clero; y los sacerdotes condenaban por lo general la magia de estos competidores tachándola de mala, independientemente de sus fines. Saúl no fue a visitar a la famosa bruja de Endor, por ejemplo, hasta que sus propios adivinos y sacerdotes no demostraron ser incapaces de hacer que Dios le dijera cómo combatir a los filisteos por medio de profetas e interpretaciones de sueños. Su acción al pedir consejo al espíritu de Samuel, no era tan censurable, a los ojos de los levitas, como el hecho de hacerla por intermedio de una hechicera y no por uno de ellos.

Posiblemente, los sacerdotes practicaron su magia con fines benéficos, aunque puede que fueran bien pagados para que proveyeran tales beneficios. Los servicios de los magos no-sacerdotes podían comprarse aun para fines censurables. Y había quienes, brujas inclusive, practicaban una magia maligna por envidia, rencor, odio o pura maldad. En los tolerantes ambientes religiosos de Grecia y de Roma, había profesionales ajenos al clero que practicaban determinados géneros de magia legalmente, siempre que utilizaran convenientemente sus poderes, muchos de ellos incluso subvencionados por el estado. Hay autores romanos muy respetados que publicaron libros de fórmulas mágicas y catálogos de hechizos, encantamientos y «ensalmos» caseros para toda ocasión. Y estos escritores prevenían a los granjeros y campesinos contra los adivinos, hechiceros y mujeres a las que denominaban sagae (brujas), extranjeras.

Quizá la principal razón para que el vocablo magia se convirtiera en una palabra repulsiva sea la distinción que la Iglesia Católica estableció entre lo mágico y lo milagroso. Los primeros Padres de la Iglesia creían en la magia, pero sostenían que se realizaba con la ayuda de los falsos dioses. Los únicos hechos sobrenaturales que aceptaba la Iglesia como milagrosos eran los realizados en el seno de la verdadera fe, con la ayuda o sanción de su propio dios. Todos los demás eran malos y, puesto que las brujas estaban fuera del seno de la Iglesia, su magia era necesariamente malévola. Juana de Arco fue inmolada en la hoguera porque sus inquisidores no aceptaban el origen divino de las voces que oía. Era, efectivamente, hechicera o bruja a los ojos de sus inquisidores. Veinticinco años más tarde, la Iglesia cambió de opinión y se retractó. Casi quinientos años después, en 1920, la Iglesia Católica la canonizó.

(Continúa en parte 3)

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Acerca de Josep Riera de Santantoni

Parapsicólogo e investigador psíquico. Hipnoterapeuta. Consejero y Sanador Espiritual. Exorcista y terapeuta de Liberación, por la gracia de Dios. Su esposa Aguamarine es Alta Maga blanca, vidente y médium. Consejera espiritual. Experta en rituales de Limpieza, Descargas y y Contrahechizos.
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