Las desventuras de Agrimael

Capítulo I

Primera subida a la superficie

Agrimael estaba en un serio compromiso.

Le habían hecho una mala pasada allá abajo.

Y todo por ser tan presuntuoso, por haber hablado demasiado, por… ahora lo lamentaba, pero ya no había remedio alguno.

Las órdenes del Gran Cornudo no podían desobedecerse. Intentarlo hubiera sido peor, infinitamente peor, que quemarse eternamente en las llamas del Averno, como hacían tantos desgraciados humanos en el inmenso abismo que era la Gehenna.

A él las llamas no le afectaban, pero conocía bien los castigos y reprimendas que a veces imponía Lucífugo el Esplendoroso, el jefe de su cohorte, y por nada del submundo hubiera deseado recibir uno de ellos.

Ni siquiera Agrimael estaba seguro de que su esencia, presumiblemente inmortal, no pudiera desintegrarse si se exponía a las iras supremas.

Era un novato, si así puede decirse. Y creía saber que esa era, precisamente, una de las razones por las que había sido enviado “arriba”, al mundo de los mortales. Como todos, debía pasar también por “su prueba”.

No le quedaba más remedio, pues, que tragar bilis e intentar cumplir lo más eficazmente posible con el “encarguito” de marras.
De camino hacia la superficie, y en un determinado momento, el pequeño diablillo sonrió para sus adentros. Estaba seguro de que ya le faltaba poco para llegar y, por las evidencias que recibía a través de sus infernales sentidos, su tarea no iba a ser tan difícil como inicialmente había temido…

En efecto, desde la grieta por la que ya se adivinaba el mundo de arriba, se filtraba hasta sus ojos rojizos la luz solar, pero amortecida por una capa de partículas de polvo y tierra que no sólo le irritaron sus pupilas, sino que hicieron que incluso tosiera con desagrado.

Agrimael escuchaba, además, un gran estruendo compuesto de intensos ruidos y golpes de metal y de madera, de gritos en apariencia humanos, de motores o máquinas en marcha, todo ello unido a una continua agitación; y por sus fosas nasales se deslizaba un grato olor de combustible o de algo similar que ardía a gran temperatura, al tiempo que en su rojiza piel desnuda de diablo notaba un calor intenso…

No, desde luego que no iba a ser nada difícil su trabajo en el mundo de los mortales, se dijo a sí mismo Agrimael, esbozando una gran sonrisa con la que enseñó sus podridos dientes a una gran rata que se deslizaba huyendo despavorida entre los grumos de tierra que el diablillo iba apartando con las garras, mientras terminaba de abrirse camino hacia la superficie. No iba a ser nada difícil la tarea que le había encargado Lucífugo…

Porque todas las señales e indicios que recibía a través de sus sentidos le indicaban que el mundo de los humanos era similar al submundo infernal del que provenía… Mucho más parecido de lo que allá abajo le habían dicho, y sin ninguna duda mucho más de lo que él mismo había llegado nunca a imaginar…

Con esa convicción y repleto de energía y optimismo, Agrimael hizo un último esfuerzo para llegar a la parte superior de la grieta desde la que se filtraba la luz, y se aupó con las manos para levantarse con todo su poder y majestuosidad, con sus pezuñas pisando por primera vez la tierra de los mortales…

– ¡Jajajajaja! -exclamó con su voz gutural, mezcla de carcajada y de carrasposa tos-. ¡Aquí estoy, humanos! ¡Agrimael ha llegado! ¡Comenzad a tembl…..

Nunca pudo terminar la palabra y la risotada quedó para siempre atascada en su garganta.

Porque justo cuando comenzaba a incorporarse sobre el terreno y levantaba por primera vez la mirada hacia el mundo de la superficie, lo primero -y lo último- que vio fue un gran monstruo metálico que se le venía encima…

Los enormes dientes de una de las grandes palas excavadoras que trabajaban en las obras de la nueva macrocarretera de Ibiza a San Antonio le arrancaron literalmente la cabeza y una de las ruedas de oruga le dejó aplastado contra el suelo. Poco después, una apisonadora terminaba el trabajo, convirtiendo al pobre diablo en una masa o pasta amorfa de dos dimensiones.

Y para rematar la faena, ese mismo día (las obras iban muy deprisa, a ritmo incesante, los políticos presionaban y cada minuto perdido era dinero perdido por la constructora) lo que quedaba de él fue rociado con asfalto hirviendo.

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Acerca de Josep Riera de Santantoni

Parapsicólogo e investigador psíquico. Hipnoterapeuta. Consejero y Sanador Espiritual. Exorcista y terapeuta de Liberación, por la gracia de Dios. Su esposa Aguamarine es Alta Maga blanca, vidente y médium. Consejera espiritual. Experta en rituales de Limpieza, Descargas y y Contrahechizos.
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