Eneas en el mundo de las sombras

La flota troyana, a su salida de Cartago, observó desde lejos el humo producido por la pira en la que había sido incinerada Dido. Tras un corto viaje, llegó a la isla de Sicilia, a la ciudad de Drepano. Al frente de ésta estaba el rey Alcestes, de origen troyano. Tras enterarse el rey de la presencia de Eneas, mandó celebrar juegos fúnebres en honor de Anquises, padre del héroe.
Aunque la diosa Juno, por decisión de Júpiter, no podía impedir la llegada de los troyanos a Italia, sin embargo intentó retrasar su viaje lo máximo posible. Envió a Iris, su mensajera a la ciudad, para que convenciera a las mujeres a quemar los barcos en medio de los juegos que se habían organizado. Ellas así lo hicieron; pero de nuevo fue decisiva la intervención de Júpiter: envió lluvia y logró que se salvaran unas pocas naves de la escuadra.
Ante la larga estancia de Eneas en Sicilia, se le apareció Anquises, padre de Eneas, durante la noche y le dijo: “Elige unos pocos compañeros y dirígete a Italia, donde fundarás una nueva Troya. Solo Palinuro, tu timonel, perecerá en el trayecto. Cuando llegues, viaja al Infierno y te daré más instrucciones”. Haciendo caso a su progenitor, reparó las naves, zarpó con unos pocos voluntarios y llegó a la ciudad de Cumas, donde existía un santuario dedicado al dios Apolo.
Se encontró allí con su sacerdotisa, Sibila. En la caverna donde esta habitaba, le rogó que le acompañase al Infierno con estas palabras:”Añoro a mi padre y deseo hablar con él frente a frente”. Ella le respondió:”Entrar es fácil, pero muy pocos han podido regresar. Lo lograrás si encuentras un árbol dedicado a Proserpina, diosa de este lugar, con una rama de oro. Arráncala y vuelve aquí y te acompañaré”.


Así lo hizo, no sin antes enterrar a un viejo compañero encontrado en la playa, Miseno. Dos palomas, aves dedicadas a la diosa Venus, le guiaron al lugar donde se encontraba la preciada rama. La cortó sin ninguna dificultad y automáticamente brotó otra del mismo material.
Una vez cumplido el deber religioso, se introdujo en una cueva protegida por un lago muy profundo, el Averno, en compañía de la Sibila. Allí sacrificó a los dioses infernales cuatro bueyes, una vaca y un borrego todos negros.
Era una región habitada por las Sombras. Las primeras que vio fueron todas las calamidades con las que se mezclan los hombres, la Pena, la Enfermedad, la Vejez, la Guerra y otros muchos monstruos.
Intentó destruirlas con su espada, pero la sacerdotisa le dijo: “No pierdas el tiempo, sólo son sombras, nada puedes contra ellas con tu arma. Prosigamos nuestro camino”.
Pronto, en las orillas del río Aqueronte se encontraron con el barquero Caronte; este anciano tenía una apariencia detestable, estaba vestido con harapos; sus barbas descuidadas y sus pelos despeinados. En toda su figura sobresalían los ojos saltones. Vigilaba a todos los que paseaban por las orillas, exigiendo a los que se le acercaban el pago para su paso a la otra orilla.
Muchas sombras eran desechadas porque no habían podido ser enterrados, entre los cuales Eneas descubrió a algunos de sus compañeros que habían perecido en el mar. Ante la petición de Eneas y de la Sibila, su negación era muy lógica: estaban todavía vivos. Consiguieron, no obstante, el permiso del tránsito a la otra orilla con la presentación de la rama de oro.
Aún debían derrotar al otro monstruo que protegía el lugar de ultratumba, el Can Cerbero, un perro de tres cabezas que vigilaba constantemente a los que por allí paseaban. La Sibila le lanzó un narcótico que había preparado anteriormente; tras tomarlo se quedó dormido momentáneamente, lo que aprovecharon para entrar en el recinto.
Era una zona triste, en donde Eneas reconoció a la reina Dido, que le desdeñó con su desprecio. Se encontraban allí también los niños muchos de los muertos en la guerra de Troya. La Sibila le urgió a seguir. Llegaron pronto a una encrucijada de caminos; uno conducía al Tártaro, a donde iban los delincuentes y todos lo que no se habían comportado en vida de acuerdo con la moral. El otro llevaba a los Campos Eliseos, ocupados por los que habían tenido una conducta impecable en su paso por la tierra y habían ayudado a sus conciudadanos.
Dejando a un lado los quejidos de los condenados por el juez Radamantis, se dirigieron hacia los campos Eliseos; los que allí están se dedicaban eternamente a gozar de sus diversiones preferidas. Ante la puerta se roció el cuerpo con agua bendita y poco después le entregó la rama de oro a Proserpina, reina del mundo infernal. Pronto fueron rodeados por una masa de felices sombras, que les condujeron hacia el lugar donde se hallaba Anquises.
Éste, contento, le mostró todo el territorio por donde discurría el río Leteo, que significa “olvido”, los dioses que allí convivían y a sus descendientes. Le señaló también a los jóvenes que iban a ser importantes en la historia de Roma: Silvio, su hijo póstumo, Numitor y Rómulo, fundadores de Alba Longa y Roma, y a sus descendientes, entre los que sobresalía Augusto. Le recordó igualmente los sufrimientos que aún tenía que soportar antes de conseguir su propósito y los enemigos con los que se iba a enfrentar. Una vez enterado de todo, les llevó a la denominada “puerta de marfil” y a través de ella los reenvió de nuevo al mundo de los vivos.

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Acerca de Josep Riera de Santantoni

Parapsicólogo e investigador psíquico. Hipnoterapeuta. Consejero y Sanador Espiritual. Exorcista y terapeuta de Liberación, por la gracia de Dios. Su esposa Aguamarine es Alta Maga blanca, vidente y médium. Consejera espiritual. Experta en rituales de Limpieza, Descargas y y Contrahechizos.
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